El concepto no es mío, se lo oí a un tertuliano radiofónico no hace mucho. Pero tengo que decir que estoy de acuerdo con el concepto.
La Constitución Española de 1978, se ha puesto como ejemplo, seguramente porque es ejemplar. Es fruto de un esforzado acuerdo entre la práctica totalidad de las fuerzas políticas que en 1978 existían en España, no fue fácil, como toda la transición (otro ejemplo) pero se hizo.
Sin embargo debemos enmarcarla en su tiempo, debemos analizarla teniendo en cuenta las circunstancias de las que procedíamos, y por supuesto, en ningún caso, debemos sacralizarla, es una constitución, es un marco legal que ha sido útil durante más de 30 años y que ha permitido que España (toda) se modernice, avance, se haya convertido en un estado de derecho, en un espacio de convivencia, como seguramente nunca haya sido.
Aquellos padres de la Constitución no lo tuvieron fácil. No hacía ni cuatro años que el dictador había muerto. Poderes fácticos como el ejercito, la iglesia, la derecha más trasnochada, tenían un peso político y social que ahora nos resulta difícil de imaginar.
Aquellos padres se vieron obligados, incluso, a manejar un lenguaje, ambiguo, difuso, que dijera las cosas sin que nadie se tuviera que sentir molesto. A utilizar palabras como Autonomías, Territorios Históricos, Nacionalidades; no podían hablar de Pueblos, Países o Naciones.
Ahora el tiempo ha pasado, quiero pensar, que la sociedad española ha madurado en espiritud democrático y que ha llegado el momento de replantearse algunos aspectos de aquella constitución. Ha llegado el momento de releerla, con los ojos de hoy. Ojos que ya se han quitado las cataratas que, cuarenta años de dictadura, manipularon en nuestra historia.
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