lunes, julio 03, 2006

RELATOS

Hola a todos, soy Joaquín.

Aquí dejo colgado el inicio de un relato, por si alguien se anima a continuarlo o a lo que sea. Tampoco tiene título.

Saludos,



I

Escocia me atrajo de siempre; ya sabemos porqué. Luego, como ocurre con las mujeres, la realidad no coincide con su imagen idealizada. El caso es que, por fin, estaba allí, en Edimburgo, cuando, al regresar al hotel -después de cenar solo y pasear un buen rato-, me encontré con un mensaje de España. Era Francisco, el encargado de las fincas y de la casa que tenía alquilada a mi tío abuelo, el Conde de Soubrier.

Éste heredó el título y las tierras. Su hermano -mi abuelo-, el caserón familiar que, por el mismo camino, era ahora mío y yo había alquilado al Conde, que se había empeñado en disfrutar los últimos años de su vida en donde la empezó a descubrir. Apenas tenía trato con él, pero sabía que siempre había vivido melancólicamente, en especial -me decían- desde que, con apenas 19 años, murió la que iba a ser su esposa.


Francisco me había dejado el recado de que le llamara con urgencia -hace tiempo que dejé de viajar con móvil- y, aunque era casi la una de la madrugada (las dos, en Lorca), opté, bajo un presagio en penumbra, por telefonearle.

Me dijo que, efectivamente, mi tío abuelo acababa de fallecer ese mismo día y que había que “gestionar todo lo del funeral”. No quedaba más familia que mi hermana, en Burgos, y yo, así que, en cuanto colgué con Francisco, comencé a organizar mi vuelta, muy confuso; esa mezcla imprevisible de información y sentimientos…

Al día siguiente, sobre las once de la noche, llegué al aeropuerto de San Javier. Francisco, diligente, me esperaba para llevarme a La Zarcilla, el pueblo donde estaba la casa. El hombre me dejó helado cuando me confirmó que todavía no había hecho nada con mi tío abuelo. Me dijo que murió en su cama, al parecer, mientras dormía. Que lo había encontrado Ana, la empleada, a la mañana siguiente. Ella llamó a Francisco y como éste no se consideró con “autoridad” para tomar ninguna decisión sobre el cadáver –me dijo-, ni siquiera lo tocó; se limitó a poner al máximo el aire acondicionado que habíamos instalado en el dormitorio (con la idea de dilatar, en lo posible, el inicio de la putrefacción), a cerrar todas las puertas de la casa y a avisarme.

Yo, ingenuamente, había creído que ya habría ido algún médico a la casa, la funeraria del seguro… y que, de algún modo, estaría todo, más o menos, listo para el entierro. Pero no; no había nada de nada.

La situación comenzaba a desbordarme; era la primera vez que tenía que afrontar algo así; cuando fallecieron mis padres yo todavía era un crío.

Llegaríamos al pueblo de madrugada y el médico no viene de Caravaca hasta las nueve o las diez de la mañana. También habría que localizar la póliza de mi tío para saber a qué compañía avisar. Lo peor es que me estaba viendo abocado a pasar la noche velando a mi tío en esa casa inmensa y muerta.

- “Paco, perdona la pregunta, pero si no ha ido el médico, tú estarás seguro de que está muerto ¿no?”.

- “Mire, yo he amortajado a mi padre, a mi tía… y sé cuándo alguien está muerto. Eso va en la sangre; cualquiera sabe cuándo tiene un muerto delante porque la muerte tiene siempre la misma cara, ya lo verá”.

- No si ya…

De repente, caí en el tema de la herencia; y me sorprendió que hasta ese momento no se me hubiera pasado por la cabeza el asunto; vaya, vaya…


Cuando llegamos a la casa, en las afueras del pueblo, Francisco no me dio opción; ni siquiera apagó el motor del coche; me entregó las llaves y me dijo que se pasaría a la mañana siguiente, a primera hora, y que se ocuparía de traer al médico. Yo dudé, pero en décimas de segundo me convencí de que no había ningún otro sitio donde pasar la noche, de que soy un tipo racional (y, también, de que había que pagar mejor a Francisco… dejarme de esa manera…).

Así que allí me quedé; clavado en la puerta de la verja, viendo como, tras el polvo del camino, se alejaban las luces rojas del Ford y se difuminaba su rumor, subyugado por el estremecimiento de las hayas y el monótono cantar de las chicharras; extinguido al fin. Jamás me he sentido más solo. No, rectifico: jamás me he sentido más abandonado, porque, solo, era incapaz de sentirme; y eso me causó pavor.


II

Sin avanzar un ápice, me giré hacia la casa y la miré de frente; cara a cara.

Desde allí todo parecía muy tranquilo. Incluso la luz del porche encendida… Cotidiano. ¿Encendida?, me pregunté.

1 comentario:

Kiko dijo...

El cuerpo ha desaparecido, si inicia una investigación, un pueblo donde nadie ha visto nada, nadie sabe nada, ahora resulta que nadie lo quería. Una mujer, cuernos, Guardia Civil.