El título del post puede sonar a tópico, y ciertamente lo es, ha sido repetido varias veces después de las últimas elecciones españolas. Yo siempre lo he defendido, aunque añado siempre una coletilla y si se equivoca es el único que tiene derecho a hacerlo, puesto que en él recae la soberanía. Sin embargo hay algunas cosas en los resultados que me han hecho pensar. Y no refiero a la victoria del PP, eso es algo que se podría esperar. Me refiero al mantenimiento del poder por parte de algunos personajes implicados en casos de corrupción, sub judice, es decir sin sentencia firme.
Aun vivimos bajo el épilogo marbellí de la operación malaya, en la ciudad malagueña los en principio supuestos corruptos, repitieron victoria electoral votación tras votación, pudieron seguir presentándose puesto que sólo eran "presuntos", el tiempo y la justicia demostraran si lo fueron o no, pero todo parece indicar que serán condenados, si no todos, una mayoría.
En estas elecciones, repiten en el cargo, el alcalde de Andrax (creo que se escribe así), el diputado provincial de Castellón, el inclito Carles Fabra y nuestro vecino el alcalde de Águilas, todos ellos implicados en casos de corrupción o de irregularidades urbanísticas, admitidas a trámite por los jueces correspondientes.
A pesar de las pruebas aportadas, de los escándalos levantados, de las horas de radio y televisión de los litros de tinta derrochados para poner negro sobre blanco las irregularidades cometidas, el pueblo, soberano, vuelve a depositar sobre ellos su confianza.
Y yo me pregunto ¿Por que?.
Se equivoca el pueblo, o lo equivocan. Desde luego no podemos quejarnos de falta de información o de dificultad en el acceso a la misma. Por lo que, en el caso de que finalmente estas personas sean inculpadas, debo pensar que el pueblo se equivocó.
Y creo tener un motivo por el que el pueblo se equivoca.
Los demócratas convecidos como yo, cuando nos acercamos a ese santuario de la democrácia, que es un colegio electoral, lo hacemos, con más o menos información, pero siempre con la mejor voluntad y pensando siempre en el bien común, es decir en lo que sería mejor, no tanto para nosotros, sino lo mejor para la comunidad.
Sin embargo, concluyo, que otros muchos que se acercan a lo que para ellos es una simple urna, lo hacen pensando en su propio bien en su propio interés.
Seguramente son igualmente legítimas las dos posturas pero lo que está claro, y eso me lo ha enseñado la ciencia, es que el interés de la comunidad no siempre es la suma de los intereses individuales de las unidades que la forman.
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